19.10.04

Rebeldes

Llevo un par de días convaleciente de un resfriado tontorrón, posiblemente del mismo microbio esparcido por mi sobrino Absencito y que, de uno en uno, ha acabado tumbando a los miembros de mi familia. Dicen que no hay mal que por bien no venga, por lo cual aprovecho la situación y, desde mi sofá, invierto un par de horas en repasar un estupendo documental sobre cine que emitió, no hace mucho, Canal +. Se trata del espléndido La Generación que Cambió Hollywood, de Kenneth Bowser, basado a su vez en el libro homónimo de Peter Biskind, y que, entre otros, contiene documentos escalofriantes como el de aquella celebre rueda de prensa, convocada por un derrotado Roman Polanski, tras el asesinato de su esposa Sharon Tate en manos de Charles Manson.

La cinta es un excelente compendió sobre toda una generación de directores, guionistas y actores que, entre exceso y exceso, decidieron buscar nuevas vías de experimentación para salvar, a principios de los años 60, a un herrumbroso Hollywood del derrumbamiento definitivo, intentando estar un tanto al margen de los grandes estudios, aunque recurriendo a ellos, en muchas ocasiones, para la financiación de la mayoría de sus títulos. Muchos de ellos, como por ejemplo Arthur Penn, amparándose en ejemplos del cine europeo de aquella época, dieron la campanada de salida con títulos, hoy ya convertidos en clásicos, como Bonnie and Clyde, protagonizada, a su vez por Warren Beatty, uno de los que se apuntaron a esa movida tan fructífera. El film repasa el compromiso de éste actor con algunos productos emblemáticos, a pesar de que su propio egocentrismo le jugara alguna que otra mala pasada con ciertos realizadores, como en el caso de Robert Altman, con quien tuvo varios roces durante la filmación de Los Vividores.


Warren Beatty

Aunque el detonante definitivo, para impulsar ese nuevo cine, fue debido a Dennis Hopper y a su ya mítica Easy Rider, una cinta filmada entre drogas y viajes lisérgicos, que inesperadamente se convirtió en todo un éxito. Tal y como citan en el documental, hasta que se estrenó ese título, siempre que algún personaje tomaba drogas en pantalla acababa cometiendo algún crimen, liturgia que en el film de Hopper desapareció por completo. Aunque a él, particularmente, le supuso la ruina personal el uso y abuso de las mismas, cosa que dejó bien clara con su siguiente película, The Last Movie, la cual, filmada en Perú en compañía de sus amigos más directos y bajo el efecto de todo tipo de alucinógenos, no fue entendida absolutamente por nadie, creándole el estigma de director maldito.

Mientras, en esa misma época, John Schlesinger decidía salir del armario y dejar bien clara su condición de homosexual, triunfando, con tres Oscars incluidos, gracias a un título convertido ya en película de culto, Cowboy de Medianoche. Y Peter Bogdanovich, un crítico cinematográfico hasta ese momento, tras su debut con la compacta El Héroe Anda Suelto (gracias a Roger Corman), conseguía su mejor éxito con La Última Película (The Last Picture Show), al tiempo que rompía su relación matrimonial con su montadora, Polly Platt, e iniciaba un largo idilio con una debutante Cybill Shepherd. Luna de Papel, ¿Qué Me Pasa, Doctor? y Todos Rieron fueron algunos de sus loables productos siguientes, aunque el posterior romance con una conejita de Playboy, Dorothy Stratten, y el asesinato de ésta en manos de un psicópata, acabaron con una de las carreras más prometedoras de esos años, relegando a Bogdanovich a cintas menores destinadas directamente a su exhibición televisiva.


Peter Bogdanovich

Al mismo tiempo, el más independiente de todos, Sam Peckinpah, un tipo solitario, bravucón, alcoholizado y cocainómano, arrollaba con uno de los westerns más violentos de la historia del cine, Grupo Salvaje. Estaba claro que los más atípicos habían empezado a reconquistar Hollywood a través de su incorrección política. Incorrección que, por otra parte y en el caso de Peckinpah, acabaría dándole más de un disgusto, como el rechazo de los grupos feministas a su Perros de Paja, debido al machismo radical que, según ellas, afloraba a través de todas sus escenas. Tras una carrera bastante irregular y con trabajos imposibles en su haber, Peckinpah, hastiado de los problemas que tuvo con la productora para llevar a buen puerto Patt Garrett and Billy The Kid, murió a los 59 años de edad, aunque aparentara casi 80, debido al uso abusivo de estimulantes y alcohol.


Sam Peckinpah

Por su parte, un tal Francis Ford Coppola, un tipo gordinflón criado en la factoría Corman, debido al buen trato que recibió Llueve Sobre Mi Corazón -un film intimista sobre un ex combatiente tarado con una placa metálica en la cabeza-, decidió crear Zoetrope, su propio estudio, desde el que intentaría potenciar a jóvenes estudiantes de cine para lanzarlos al estrellato. En su primera intentona, toda su loable propuesta se le fue al carajo tras apadrinar THX 1138, la ópera prima de un joven y timorato estudiante, George Lucas, pues fue una cinta en absoluto aceptada por el star system. Coppola no se frenó por ello y, guiado por su instinto idealista, aceptó llevar al cine un guión de Mario Puzo, escrito gracias al talón cobrado por el escritor y destinado a sufragar sus millonarias deudas de juego. Se trataba de El Padrino, una película que, bajo los auspicios de la Paramount, se convirtió en un éxito sin precedentes en la historia del cine. Con ese punto a su favor, produjo el que sería el lanzamiento definitivo de Lucas, el estudiante frustrado, ayudándole a llevar a cabo un proyecto que entusiasmo a los jóvenes de la época, American Graffiti. De aquí a La Guerra de las Galaxias quedaba sólo un paso.


Francis Ford Coppola

Mientras se cocía todo esto, el entretenido documental de Kenneth Bowser nos muestra otro frente de acción, situado en las playas de Malibú y bajo la batuta de un matrimonio de productores, Michael y Julia Phillips (los responsables del oscarizado El Golpe), quienes reunieron en sus estancias a gente tan diversa como John Milius, Martin Scorsese, Brian De Palma, Steven Spielberg, Robert de Niro, Al Pacino o Richard Dreyfuss, entre otros.

Allí, junto al mar y los surfistas, se gestaron títulos inolvidables, como la sorprendente Malas Calles o Taxi Driver, ambas de Scorsese. Curiosamente, el propio Paul Schraeder nos explica que su guión de Taxi Driver se gestó gracias a las experiencias que vivió en una época oscura en la que, cansado de sus fracasos personales y cinematográficos, lanzó todo por la borda y se dedicó a vagabundear por las calles de Nueva York. Embarcado e una vorágine de éxitos sin precedentes, el propio Scorsese, durante el rodaje de su fallida New York, New York y en pleno idilio con Liza Minnelli, se acabó enganchado a la cocaína, No fue el único ya que, según cuentan, durante el homenaje del American Film Institute a Alfred Hitchcock, medio Hollywood no salía de los lavabos del recinto para darle a la blanca, pasando totalmente del acto protocolario. Tanto es así, por ejemplo, que la citada Julia Phillips, hubo de abandonar su trabajo en Tiburón debido a los problemas de salud provocados por su desmesurada afición a esa droga. Superada, por parte de Martin Scorsese, su adicción a la coca, estuvo a punto de abandonar su carrera como director, pero un gran proyecto le volvió a dar fuerza. Se trataba de Toro Salvaje, el inolvidable biopic sobre el boxeador Jack LaMotta.


Martin Scorsese

Esta claro que, en definitiva, se trató de una generación de cineastas innovadores que, a pesar de sus cuelgues, consiguieron darle al cine de autor todo su reconocimiento popular y crítico, aunque ellos mismos, por otra parte, lo volvieron a hundir, mediante productos de serie B, filmados con presupuestos desorbitados, para realizar títulos como Tiburón o La Guerra de las Galaxias. Verdaderos éxitos, en todos los sentidos que, sin embargo, crearon la necesidad imperiosa de seguir aumentando las arcas para las majors que la respaldaron. Tal y como dice en este documento la directora Joan Tewkesbury, cuando las películas empezaron a ser valoradas por el dinero recaudado, en lugar de por su calidad artística, la verdadera esencia del cine acabada de morir.

Un excelente documental que bien vale la pena intenten recuperar, ya que recoge, a la perfección, la esencia del libro original de Peter Biskind y que, en algunos momentos, incluso parece el remedo actualizado de aquel Hollywood Babilonia que daba un repaso a los entresijos más oscuros y perversos de la industria del cine en sus primeros años. Como dice el propio Dennis Hopper, al final de la cinta e intentando excusar sus desmanes, ellos tenían que recurrir a todo tipo de estimulantes para salvaguardar su amor propio, destrozado por culpa del poco caso que hacían de su envidiable creatividad las grandes compañías.


Dennis Hopper

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