10.7.12

Uno del patíbulo

El pasado domingo, a los 95 años de edad, nos abandonaba Ernest Borgine, un secundario de lujo que acabó convirtiéndose en uno de los grandes de Hollywood. Rudo, pendenciero e incluso a veces tierno. Un tipo duro, salido del abismo negro del planeta de los buitres, que fue temido por el mismísimo Barrabás. Por su carácter, formó parte de los denominados Doce del Patíbulo, un grupo salvaje cuyo grito de guerra fue el de “¡esta noche vamos de guerra!”. Ellos nunca le temieron al día del fin del mundo.

Montado en un convoy se enfrentó al curtido Emperador del Norte durante un sábado trágico y bajo una lluvia del diablo. Con la aventura del Poseidón vivió toda una odisea bajo el mar y después, en 1997, se apuntó a un rocambolesco rescate en Nueva York. Posteriormente y formando parte de una conspiración de silencio, se recluyó una temporada en la Estación Polar Cebra, lugar en el que compartió anécdotas con Chuka, Johnny Guitar y Lylah Clare, una mujer que andaba desnuda frente al mundo.

A bordo de un vuelo del Fénix, regresó a la civilización y se instaló en Veracruz, desde donde se enfrentó a un peligroso grupo de vikingos evitando que se lanzara el último torpedo.

Al adoptar el nombre de Marty logró su faceta más amable, lo cual hizo que tío Oscar conviviera a su lado hasta el día de su muerte.

De aquí a la eternidad. Descansa en paz, Ernest.

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